Este fin de semana he venido a Asturias a pasar las fiestas con la familia. Aprovechando que el sábado por la mañana no tenía nada que hacer me he acercado hasta Gijón para participar en la XVIII Carrera de Nochebuena, organizada por Estadio Gijón. Dicha carrera no pasaría de ser una más en la temporada, si no hubiera sido por el lujazo de compartir los 5.500 metros de su recorrido con la campeona de España Alba García.
Después de una temporada en el dique seco por culpa de una lesión y de unos médicos que tardaron más de lo debido en dar con el problema, García está volviendo por sus fueros. No quiero quitarle mérito a Alba, pero el sábado se puede decir que casi no sudo la camiseta para hacerse con la victoria. Se limitó a tirar de mí para que en mi vuelta a la tierra pudiera estar lo más arriba posible de la clasificación. Lo hizo a la perfección, animándome para que no me dejara vencer a las primeras de cambio, dándome ánimos para que luchara contra mi mismo, para que sufriera un poco más.
Uno que de victorias no sabe nada, andaba más preocupado porque la segunda corredora no se acercara demasiado a nosotros que por sus pulsaciones. Puede sonar estupido, pero la verdad es que no me apetecía que Alba dejara de ganar dicha carrera por ir conmigo. Se podría decir que controlamos bien la carrera hasta el kilómetro 4,5, pero en ese momento empezamos a escuchar voces que nos confundieron: “venga que la tienes ahí, aprieta un poco más”.
Mirábamos hacia atrás pero, con tanta curva, no veíamos nada. Así que no me quedo más remedio que decirle a Alba: “tira, que es lo mejor”. No le gusto la idea, porque nuestro plan era entrar juntos, pero se dio cuenta rápidamente que mi afirmación iba en serio y que no cabía discusión alguna.
Con la elegancia de los grandes campeones aceleró el ritmo en busca de una victoria que tenía su nombre. Mientras yo veía como se iba con envidia sana. Entramos en meta, separados por escasos 150 metros. Le podía haber gritado que me esperase pero que carajo hay muchas carreras para entrar juntos en meta. Lo dicho, un lujazo.
Después de darle muchas vueltas, al final, me voy al Maratón de Roma. Había pensado ir a Rotterdam, por eso de que es una carrera rápido, pero problemas de agenda me han llevado a Roma. Creo que gano con el cambio. Soy consciente de que bajar de tres horas en Roma es bastante más complicado que hacerlo en Rotterdam, sobre todo por los 15 kilómetros de sufrido pavés. A cambio, gano una ciudad única, que no conozcco y que está llena de historia en cada uno de sus rincones. A veces, correr no es sólo ir más rápido si no también disfrutar del recorrido. Por supuesto que lo haré.
Aquí está mi inscripción.